La Medicina en el siglo XVIII


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Transcripción

1 to de la competencia fuera de la ciudad de La Habana y del territorio de ella dependiente. Podía el Protomedi- cato de La Habana exigir que los facultativos y los botica- rios de Santiago de Cuba se sometiesen a su potestad? Cualesquiera que fuesen las interpretaciones a que se prestara el texto de la real cédula de 9 de julio de 1709, de hecho la región correspondiente al gobierno de Santiago de Cuba no se sujetó a la autoridad del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana. La pragmática de Felipe V hablaba de la ciudad de La Habana y su jurisdicción, y ésta llegaba hasta los lugares que señalaban los límites occidentales de Santiago de Cuba o de Cuba, como solía decir y escribir la gente del siglo XVIII al referirse a la parte oriental de la Isla. A mayor abundamiento, la distancia entre las dos principales plazas de esta Antilla justificaba la carencia de competencia en el Protomedicato de La Habana para comprobar las aptitudes y vigilar las actividades de médicos, cirujanos, barberos, algebristas, parteras y boticarios de Santiago de Cuba. La experiencia robusteció la independencia de Santiago de Cuba en relación con el Protomedicato de La Habana. En Santiago de Cuba no fueron observadas las normas dictadas por la Corona para mantener y robustecer la autoridad del Real Tribunal existente en la capital de la Isla. A la plaza oriental llegaban facultativos de España y Tierra Firme, y su capacidad era apreciada por títulos o licencias que nada tenían que ver con el Protomedicato de La Habana o por dictámenes emanados de profesores locales. Ciertamente, estos hechos no inquietaron al Real Tribunal de La Habana, ni lo movieron, por consiguiente, a producir quejas o reclamaciones. La Medicina en el siglo XVIII La época de la creación del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana era de extrema penuria científica en España y sus dominios ultramarinos. Era la época dentro de la cual expiró Carlos II, el desdichado, con su reino, como su ánima, paralítico. A esto añadió el doctor Marañón: En el siglo XVIII, como en todos, hubo en -36-

2 España de todo: malo y bueno. Pero, aun teniendo en cuenta estas salvedades, estos altos y bajos en el nivel de la cultura y de la prosperidad general del país, es evidente que el contenido de la centuria, bien exprimido y estrujado, da muy poca sustancia a la gloria del genio español [...] Aquel final del reinado de Carlos II debió tener todas las apariencias de que era algo más profundo que la disolución de una dinastía: parecía un ensayo general del fin de España. Esta declinación hispánica se manifestó gravemente en la Medicina. El siglo XVIII -sentencia de Marañón fue de tristísima inopia para la Medicina. Las Universidades, en su primera mitad, estaban en plena decadencia, y, dentro de ellas, era la Facultad Médica la más afectada por la vacuidad y la garrulería de sus profesores;. La incapacidad política no podía dejar de reflejarse en el desarrollo científico. El estado de los estudios médicos en las Españas del siglo XVIII, con mayores veras en la orilla de acá que en a de allá, constituía un caso de excepción dentro del progreso universal de esta ciencia. Con referencia al ámbito hispánico, Marañón escribió: "Había literatos, teólogos, eruditos; es decir: todo lo que se puede hacer con la inteligencia y unos libros, lo hizo entonces, como siempre, y a veces en máxima medida, el español. Pero la Medicina, por aquella época, había dejado ya de ser, en el Mundo, lo que era hasta un siglo antes: mera palabrería, exposición de aforismos ridículos y de sistemas disparatados y sectarios; y había empezado a ser una ciencia de observación rigurosa y de experimentación. No podía haber ciencia experimental en no existiendo un ambiente propicio, un espíritu de colaboración y un mínimo de conocimientos técnicos. "En España faltaban en absoluto todas y cada una de estas circunstancias propicias. A juicio de Marañón, fué Gaspar Casal, que tuvo la suerte de no ser universitario, quien salvó el crédito de España para el activo de la medicina universal en el siglo XVIII. En aquel tiempo hubo en España una perniciosa confusión de médicos y no médicos dedicados a opinar sobre enfermedades y a ver enfermos sin una preparación medianamente pasable. Ningún otro autor ha podido denunciar 37-

3 con mayor autoridad que Marañón, por su doble condición de ilustre profesor e historiador ilustre, la miseria científica que afligía a España y su vasto imperio ultra- marino. Ni uno solo, ni uno de los médicos del primer tercio del XVIII, ha dejado un ápice de gloria legítima a la ciencia española. Adscritos a las sectas sistemáticas de Hipócrates, de Gasendio, de los químicos, etc., se eternizaban en disputas disparatadas, sin acercarse a observar al enfermo; y. en tanto, éste se moría, en el caso mejor falto de asistencia, porque muchas veces se aceleraba su fin con las bárbaras sangrías y con las dietas de hambre más rigurosas. Por genio pasó, en tal medio, Solano de Luque, porque se molestaba en tomar el pulso a sus pacientes y en discurrir sobre tal cual síntoma con increíble incongruencia. "Así sucedió que gentes no médicas invadieron su terreno a los doctores, y, tal vez por lo mismo que no se habían incapacitado para discurrir en las aulas, alcanzaron reputación superior a la de los más conspicuos. [...] Pero es más: actuó de médico y escribió de medicina Torres de Villarroel, famosísimo tunante, embaucador y mentiroso hasta el cinismo, que ha logrado una fama honorable porque escribía con indudable gracia, aunque es siempre fácil ser gracioso cuando no se tiene responsabilidad La estulticia no reconocía fronteras ni respetaba valladares. Universitarios y profanos, aquéllos con menos experiencia que éstos, procedían como impunes enemigos del género humano. Lo que ocurría en la España de Europa se reflejó fielmente en la España de Indias. En la ciudad de Santiago de León de Caracas, en momentos en que Francisco Teneza era tenido por médico en La Habana, se produjeron acedas controversias en torno a la actividad de personas dedicadas a curar. Del barbero español Manuel Espinosa se dijo que practicaba la flebotomía y curaba apostemas u otras cosas exteriores con mayor acierto y más crédito que el médico graduado Francisco Guerra Martínez. Al doctor Fernando Gómez de Munar, también graduado, se pidió por el capitán general de Venezuela la exhibición de título y despacho de facultativo en tanto que semejante exigencia no se extendía a los muchos curanderos que había en Caracas. Vecinos pudientes y gentes pobres se re- 38

4 firieron a la capacidad y a la cavidad de los intrusos. Advirtieron que Gómez de Munar tenía carácter duro y trataba con improperios a los enfermos y a las personas que requerían su asistencia o lo llamaban. Y loaron la presteza, afabilidad y eficacia con que el practicón Miguel Díaz de Perea acudía a moradas y lechos de pacientes aun en medio de epidemias de viruelas y fiebre amarilla. En rigor, los caraqueños apreciaban en los curanderos que domante numerosos años suplieron a los médicos aptitud para salvar cuerpos y caridad para aliviar espíritus. Cuba no podía ser una excepción en la situación general de la Medicina en España y sus vastos dominios ultramarinos. En el tiempo del establecimiento del Real Tri- bunal del Protomedicato en La Habana se desarrollaban aquí empeños de asistencia social. "Pero ni a estos asilos de beneficencia, ni a los hospitales, ni a la misma salud pública escribió Jacobo de la Pezuela, se podía atender cumplidamente donde no se estudiaba Cirugía, ni Medicina, por faltar profesores de ambas ciencias, donde con la general pobreza moraban poco los facultativos que venían a buscar suerte en América y preferían, como era natural, ejercer su facultad en más ricos países. Sólo por contrata o a sueldo de pudientes hubo en la capital de Cuba muy contados médicos: tenía la generalidad del vecindario que valerse de algunos prácticos y curanderos; y de tan añeja causa suponemos que derive esa tendencia tradicional en las familias de La Habana y demás pueblos a remediarse a sí mismas practicando, como la llaman los del arte, "la medicina casera y generalmente con acierto en meras indisposiciones y comunes casos. El cuadro así pintado reflejaba el estado de la ciencia médica en el mundo hispano. Francisco Teneza, doctor en Derecho y familiar del Santo Oficio, ganó crédito ejerciendo como médico. El curandero había alcanzado reputación de facultativo en opinión de corporaciones, funcionarios y particulares, sus amparadores en las gestiones culminantes en la creación del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana. Por lo demás, en Teneza concurrían circunstancias de aquellas que destacaban a los hombres que en su época pretendían eliminar o atenuar dolores y padecimientos corpó ales. 39-

5 Vanidad y erudición de Teneza Solía Francisco Teneza soltar la lengua o dejar correr la pluma en alabanza de sus aptitudes y méritos. En su tiempo estuvo en boga la exhibición del dominio por una sola persona de conocimientos acerca de diversas materias, y él, por temperamento, no pudo apartarse de lo que era norma demasiado corriente. No quiso él tampoco confiar a la ajena iniciativa la enumeración de las buenas obras debidas a su inteligencia e ilustración. De todo esto resultó una fuerte combinación de vanidad y erudición en el fundador del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana. De suficiencia, literatura, erudición, celo, desinterés, puntual asistencia a los enfermos y caridad puesta en el ejercicio de la Medicina habló Teneza, atribuyéndose todo eso, en abono de la conducta observada por quienes en La Habana apoyaron su aspiración a ser el titular del Real Tribunal del Protomedicato. Sin embargo de haber gestionado el oficio para sí con diligencia suma, tuvo a bien manifestar que de su parte no había habido más que el sacrificio de la voluntad a la obediencia y gratitud debidas a especial honra, aceptada con resignación. Consideró cristiana modestia, refiriéndose a un enemigo suyo, advertir que ni el agrado, ni el rigor, ni lo afable, ni lo rígido, ni el agasajo, ni el beneficio, ni la caridad usados por él habían sido suficientes para corregir a su contrario: mezcla de blanduras y durezas que con notorio desenfado se atribuyó. En punto a vanidad, la de Teneza se manifestaba sin restricciones. El Doctor se holgó de repetir que los su je- tos más literados y condecorados, transeúntes y estantes de La Habana, celebraban y aplaudían obras suyas en que centelleaba lo adquirido por él en "erudición y humanas letras historiales, naturales, metheorológicas, horológicas, telescópicas, ópticas, hydráulicas, mithológicas, arisméticas y otras muchas y con más especialidad en el insondable e inmenso mar de las Leyes y Sagrados Cánones. A su entender, en él se juntaban ciencias y letras en extensión y profundidad de difícil hallazgo. En la enumeración de sus saberes incluyó Teneza su erudición. La muy fácil de las citas era por él manejada -40

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