ESPIDO FREIRE EL MISTERIO DEL ARCA UNA AVENTURA EN EL MARE NOSTRUM

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ESPIDO FREIRE EL MISTERIO DEL ARCA UNA AVENTURA EN EL MARE NOSTRUM

Esta novela ha obtenido el Galardón Letras del Mediterráneo, otorgado por la Excelentísima Diputación de Castellón, en el año 2018. 1.ª edición: abril 2018 Del texto: Espido Freire, 2018 De las ilustraciones: Álex Fernández Villanueva, 2018 De esta edición: Grupo Anaya, S.A., 2018 Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid www.anayainfantilyjuvenil.com e-mail: anayainfantilyjuvenil@anaya.es ISBN: 978-84-698-3600-2 Depósito legal: M-5188-2018 Impreso en España - Printed in Spain Las normas ortográficas seguidas son las establecidas por la Real Academia Española en la Ortografía de la lengua española, publicada en el año 2010. Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ESPIDO FREIRE EL MISTERIO DEL ARCA UNA AVENTURA EN EL MARE NOSTRUM

Mapa de la Península Ibérica en el siglo i d.c.

Introducción Después de haber recorrido parte de la Lusitania y de la Bética en un carro, lesionado, en El chico de la flecha, a Marco le espera un nuevo viaje. En este caso, hacia el Este, hacia el lugar de donde llega la luz y donde se encuentra el Mare Nostrum, que une y separa a la vez Hispania con Roma. Ha pasado algo más de un año desde su anterior aventura, y aunque el tiempo pasaba a la misma velocidad en la época romana que en la actualidad, los niños crecían mucho más rápidamente. Marco y Aselo, y ni digamos ya su hermana y sus amigas, se adentran, a pasos de gigante, en el mundo de los adultos. Y si antes observaban y callaban, y formaban su propio mundo aparte, su pequeño club privado, ahora ven cada vez más cerca la complejidad de todo lo que les rodea. Las explicaciones para lo que ocurre ya no son tan simples. Y lejos de la casa, de sus amigos, de sus esclavos y de todos aquellos que los protegen, Marco y Aselo tendrán que enfrentarse a retos nuevos y a decisiones que apenas hace un año les parecerían imposibles. Para las niñas, además, la necesidad de casarse comienza a ser algo muy real: así lo requería la sociedad romana. Los chicos de buena familia debían aportar a la sociedad su fuerza, en el ejército, o su inteligencia, en el dere- 7

Espido Freire cho o la política, y los que pertenecían a las clases más bajas, o eran esclavos, su capacidad como mano de obra. Las chicas, en cambio, de cualquier condición, debían casarse y tener todos los hijos que pudieran para así aportar al Imperio lo que se esperaba de ellas. Pero, por suerte, ni Junia ni Marco tienen un padre/tutor típico, que presiona a la niña para que se case y espera que el chico siga sus pasos. Al contrario, el tío Julio se comporta como muchos buenos padres: como alguien que se encuentra al lado de los más jóvenes, indicándoles cuándo deben detenerse a pensar un poco más sobre lo que harán, y animándoles cuando cree que siguen el camino correcto. Y, como ya hemos visto en otras ocasiones, corrigiendo sus errores, si es necesario. Eso ocurre porque el propio tío Julio ha cometido errores, y no le importa reconocerlos. De hecho, es por una de esas equivocaciones por las que él, Marco, Aselo, y otros amigos tengan que lanzarse de nuevo a los caminos, y correr así peligros que ni siquiera se imaginan. Nunca se sabe de dónde surgirán las amenazas, pero tampoco se sabe quién nos tenderá una mano amiga. Una de las ideas que me hicieron llevar a Marco y a su familia hacia el Mediterráneo fue el pensar en cómo muchas personas que vivían tierra adentro, incluso relativamente cerca del mar, nunca lo vieron o pisaron sus orillas. Sin embargo, uno de los dioses más relevantes para los romanos era Neptuno, el dios del mar, y sin el mar no se entiende ni el poder ni la expansión de los romanos, ni en el ámbito comercial, ni en el militar. Me emocionaba pensar en qué sentiría Marco cuando viera el mar, porque yo, que lo conocí con un añito, no lo recuerdo. En la mente de Marco y de Aselo, el 8

El misterio del arca mar era o bien una descripción que le había transmitido alguien que lo vio, o un dibujo más o menos abstracto de las olas y el horizonte. Era al mismo tiempo un lugar mágico y un medio de transporte, algo que les ofrecía manjares que nunca habían probado, y un enorme peligro. Y me interesaba mucho el estupor que debió sentir un chico que procedía de una zona enormemente romanizada y muy bien organizada, como era Emerita Augusta, cuando se internaba en una zona tan montañosa, desconocida y a un territorio de bandidos como era la actual provincia de Castellón. A diferencia de lo que ocurre con Mérida, donde pueden aún rastrear el pasado romano como si estuviera vivo, aquí los lectores deben hacer el esfuerzo de leer el paisaje y sus ruinas, y de imaginar cómo era esta tierra antes de que llegaran los bárbaros, y los árabes y la moderna civilización. Antes de que aquello que conocemos ahora como típicamente mediterráneo llegara a través del mar con el comercio y los invasores. Y después de que los pobladores autóctonos fueran primero desplazados por los cartagineses, y luego por los romanos. Antes de que el cristianismo, que definió calendarios, fiestas, valores y costumbres con trazos tan poderosos, fuera la religión oficial del Imperio. El misterio del arca busca que sus lectores se diviertan, y que sigan casi sin aliento cada capítulo. Pero su autora querría también que pensaran y que aprendieran. Que esta historia les llevara no solo a sentir curiosidad por el pasado romano, sino también por cómo ha cambiado nuestra mentalidad respecto a tantas cosas, y cómo en otras, en cambio, seguimos siendo exactamente iguales que los hombres y las mujeres que vivieron y respiraron en esta tierra hace 2 000 años. Me encantaría que siguieran el recorrido que Marco hizo con 9

Espido Freire sus amigos, si alguna vez pasan por las tierras del Mare Nostrum. Y, quién sabe: quizá también encuentren su tesoro particular. 10

PRIMERA PARTE

1 La niña! La niña! gritó Marco, con las pocas fuerzas que le quedaban tras la carrera. Corría calle abajo en dirección a su casa a la máxima velocidad que le permitían sus piernas. Había perdido el sombrero y la capa, y sus gritos despertaron al portero, que había aprovechado un rato de descanso para quedarse adormilado en su garita. Marco frenó en seco junto a él y se inclinó un poco hacia delante, en un intento de recuperar el aliento. Mi hermana! le dijo al sorprendido esclavo. Está en casa? La has visto entrar? Yo Marco sacudió la cabeza, le apartó a un lado y entró en su casa. Junia! Junia! Los esclavos, alertados, comenzaron a asomar en el atrio 1. Qué pasa? Ha vuelto mi hermana? 1 El atrio, o atrium, era una estancia de la domus, o casa romana, que consistía en un patio cubierto con una abertura central por la que entraba el agua de lluvia. 13

Espido Freire Aselo, el esclavo de confianza de Marco, y su mejor amigo, entró casi pisándole los talones. Sudaba de los pies a la cabeza, y era evidente que también había estado corriendo un buen rato. Está aquí? preguntó, en un susurro ahogado. Creo que no contestó Marco, angustiado. Júpiter nos proteja, mi tío nos va a matar. El viejo preceptor Teseo, que durante el último año se había quedado casi completamente sordo, se acercó a Marco. Qué pasa? Por qué gritas? Hemos perdido a Junia en el tumulto, y no sabemos dónde está. Qué tumulto? Tranquilízate, y explícanos a todos qué ha pasado. Esa mañana, apenas unas horas antes, los chicos de la casa se habían despertado muy temprano, y bastante alborotados: los juegos comenzaban en un par de días, y esa mañana habían anunciado el desfile de animales salvajes que serían conducidos al vivaria 2, desde donde los llevarían al anfiteatro. Se había corrido la voz de que en esta ocasión traerían animales fabulosos de África, y de Asia, y le habían suplicado al tío Julio que les permitiera verlo. Claro había contestado él, mientras desayunaba, con toda calma. Sería cruel por mi parte no permitiros ese placer. Aselo y Marco se miraron. Una cierta sospecha comenzaba a cobrar forma. Entonces, podemos ir? 2 Casa de fieras. 14

El misterio del arca Por supuesto; siempre que os llevéis a Junia con vosotros. Tío, por favor! Pero, amo! De todas maneras, sus protestas no eran muy creíbles. Junia, la hermana menor de Marco, era una niña divertida y espabilada, y por lo general, a los chicos no les importaba hacerse cargo de ella. Pero mostrar que le estaban haciendo un gran favor al tío formaba parte del juego. No quiero oír quejas. Ella también quiere ver a los animales, y todas sus amigas estarán allí. Así tendréis una excusa para acercaros a charlar con chicas bonitas. Si a vuestra edad os siguen interesando más los tigres de Hircania 3 que las niñas, algo estamos haciendo mal con vosotros. Junia se encontraba ya vestida para salir, con un gorro de paja amplio como un cesto para protegerse del sol y su monedero cosido a las faldas, a las que una esclava daba unas últimas puntadas. Pasadlo bien les dijo y sed prudentes. Bonum diem, hijos míos. Les habían dado algo de dinero para que compraran unos pastelillos de carne, si les entraba hambre, y para que apostaran por el resultado de los juegos. Las apuestas eran una tradición previa a los juegos, aunque a Marco no le gustaban demasiado, porque perdía siempre. Están amañadas se quejaba. Las planifican de antemano para sacarnos el dinero. No le veo la diversión. Lo que pasa es que no tienes ojo para los animales ganadores decía Aselo, aunque él perdía siempre también. 3 Antigua región histórica de Asia Central. 15

Espido Freire Aunque creían que habían madrugado mucho, los mejores sitios junto al camino del foro 4 al vivaria estaban ya ocupados. El día iba a ser muy seco, y el trajín de la gente levantaba polvo que ascendía por las calles. Como habían sembrado el camino de paja, de vez en cuando una mota se les colaba en un ojo, o les hacía toser. Toda la ciudad parecía haberse concentrado para ver el traslado de los animales: algunos afortunados se asomaban a las terrazas y los techos de las casas próximas, y otros habían tomado su lugar sobre las casetas y los cobertizos. Qué le pasa a esta gente? preguntó Junia. Han dormido aquí para reservar sitio? Parece que sí. A codazos, y aprovechándose de que Junia, que era menuda y escurridiza, les abría paso, se hicieron un lugar en la primera fila. Al otro lado del camino Marco vio algunos rostros de conocidos. Los juegos y sus preparativos unían a ricos y a pobres, a libres y a esclavos, y parecía que toda la ciudad latiera al mismo compás, con un solo corazón. Los soldados, sudando la gota gorda bajo las corazas y los cascos, controlaban que nadie invadiera el espacio marcado para el desfile, y vigilaban a la multitud, porque los robos de bolsas y de otros bienes eran muy frecuentes y el pobre desvalijado no se daba cuenta de que le faltaba algo hasta que era demasiado tarde. Entonces escucharon unas notas de trompetas a lo lejos. Ya vienen! gritó Aselo, que era, con diferencia, el más alto de los tres. Veo a Sabio! 4 Espacio público de las ciudades romanas donde se disponía el mercado, los principales templos, negocios Era el lugar común para hacer vida social. 16

El misterio del arca Así era. Después de dos emisarios que anunciaban a gritos quién pagaba los juegos y por qué se celebraban, venían otros dos con estandartes y, un poco más atrás, Sabio, el elefante. Cuando le vieron acercarse, con sus enormes orejas como banderas, y su trompa, balanceándose adelante y atrás, todos aplaudieron. Sabio era un habitante más de la ciudad, y había sido un regalo a la misma del emperador Claudio. Tenía más de treinta años, y todo el mundo lo conocía: los viejos lo recordaban desde que era pequeñito. No era posible imaginarse un animal más simpático, ni más cariñoso. Cuando escuchaba los vítores de la gente, y los piropos que todos le dedicaban parecía que sonriera. Qué pena, no tenemos nada para tirarle se lamentó Marco. Por lo general, cuando sabían que Sabio iba a salir de paseo, los habitantes de Emerita Augusta le arrojaban manzanas o nabos. Con una puntería envidiable, el elefante capturaba la fruta en el aire, y se la comía, encantado. Pero había que tener cuidado: si la manzana que le tiraban estaba podrida, a veces se la devolvía a su dueño, escupiéndola con desprecio, y barritaba, en advertencia. Tenía una magnífica memoria, y nadie quería enemistarse con él. Cubierto con su manto de terciopelo rojo con los emblemas imperiales, y con uno de sus dos cuidadores en el lomo, Sabio pasó delante de los tres chicos, con su cola de escobilla tiesa. Parecía que él también se estaba divirtiendo. A una distancia razonable, porque algunos animales se asustaban si olían el rastro de otros, llegaban los ponis y los caballos salvajes, y luego, en enormes jaulas de madera, con ruedas, tres osos. Parecían aburridos y cansados, quizás por el calor. Solo uno estaba sentado y mostraba un poco de interés por el públi- 17

Espido Freire co que le jaleaba; Marco sabía que no debían dejarse engañar. Esos animales, enfurecidos, podían ser temibles. Aún no sabían qué harían con ellos. Los juegos del circo podían ser muy variados, y en ocasiones, los enfrentaban los unos contra los otros, o los perseguían. Otras, las menos, les arrojaban un condenado a muerte. A menudo solo los exhibían. Aunque aquellos no parecían osos amaestrados, algunas compañías de diversiones, que también actuaban en el circo, los adiestraban para que hicieran trucos ante el público. Después llegaban las estrellas de la función, los dos tigres, traídos desde lejanas tierras de Oriente. No cabía duda de que aquellos animales eran salvajes, y posiblemente, muy peligrosos. La multitud ahogó un gemido de admiración al verlos, y los soldados tuvieron que contener a los curiosos que se echaban sobre ellos. Mantened la distancia! No es seguro acercarse! Los barrotes de estas jaulas eran de metal, y parecían muy resistentes, pero Marco ahogó un escalofrío. Son enormes! dijo Aselo. Y están manchados! No son manchas, son rayas, Son manchas alargadas. Son rayas parecidas a las de los gatos de casa cortó Marco. Se llaman Dino y Artemio. Aunque habían visto algunos dibujos de tigres en sus libros, en la realidad se parecían muy poco a las ilustraciones. Eran tan grandes como leones, pero sin sus melenas, con una cabeza impresionante de ojos que parecían de cristal, y rayas negras y naranjas les recorrían el poderoso cuerpo. Uno de ellos estaba tumbado, indiferente, pero el otro, nervioso, se removía en la jaula y rugió un par de veces. Una vaharada de 18

El misterio del arca olor penetrante, que no se parecía a nada de lo que hubieran olfateado nunca antes, se alzaba a su paso. Bonitos, eh? Bonitos, pero apestan. Cómo puede oler el lugar en el que viven? Nunca me imaginé que hubiera un animal así musitó Junia. Cuando los tigres se hubieron perdido en la siguiente curva, pasaron una serie de soldados a caballo. Escoltaban a los músicos, y a varios esclavos que llevaban las efigies de Júpiter y Diana en brazos, para que todos las vieran. Por delante de ellos, otros esclavos barrían a toda velocidad la paja manchada o el estiércol que los animales pudieran haber dejado, para que los dioses no tuvieran que caminar sobre basura. Estoy cansada ya dijo Junia. Podemos ir a tomar un refresco? Espera un poco; aún falta. Detrás de los músicos llegaban los toros bravos, conducidos por los mayorales y otros toros mansos. Los niños estaban acostumbrados a verlos, porque eran posiblemente los animales más frecuentes en el circo, y se traían del campo, y no de otros países. De colores que oscilaban entre el pardo y el negro brillante, pasaban en manada, y a diferencia de las otras bestias, no temían nombre. Con ellos también se organizaban juegos muy variados: a veces algunos acróbatas actuaban a la cretense: se plantaban frente al toro y en el último momento, con un gesto ágil y tomando como apoyo sus cuernos, giraban sus cuerpos y saltaban limpiamente sobre ellos, o se quedaban sobre sus lomos parados un instante antes de correr a ponerse a salvo. Esas ac- 19

Espido Freire tividades eran casi siempre promesas realizadas a los dioses, y necesitaban de mucho entrenamiento. Otras veces, los toros se enfrentaban a un león, o a un tigre, y otras a cazadores. Los toros nunca salían vivos del circo, y su carne se repartía entre el pueblo como regalo. Además, entregaban otras dádivas: el pan era muy habitual, y pellejos con vino, y cestas con almendras y aceitunas. A los chicos les daban cucuruchos de altramuces. Esa era también una de las razones porque las que los ediles curules que los organizaban resultaban tan populares: en especial para las familias más pobres, los juegos del circo eran una oportunidad para comer hasta hartarse a cuenta de los políticos. Pan y circo, y con eso, casi todo iba bien. Entonces, de un lugar desconocido, llegó el rugido de uno de los tigres. No era un rugido contenido, como los que los chicos habían escuchado, sino un ruido aterrador, de un animal furioso y encerrado. Un estremecimiento recorrió a la multitud, y a la manada de toros. Su piel vibró en ondas, como si hubieran tirado una piedra a un estanque, los mansos arrancaron a correr, asustados por el olor o el rugido del tigre, y los toros bravos rompieron la manada y se dispersaron en todas las direcciones. La gente comenzó a gritar, y las primeras filas echaron a correr. Marco apenas tuvo tiempo de reaccionar y de agarrar a su hermana. Dame la mano! gritó. Junia parecía paralizada, con el sombrero de paja ladeado sobre el rostro, y fue él el que tuvo que cogerla del brazo y obligarla a correr. Qué haces? Corre! Pero la gente, que escapaba de otro toro que había tomado la delantera, se le arrojó encima, y tuvo que esquivarla, 20

El misterio del arca medio arrastrado por la multitud. Vio a Aselo un poco más adelante, pero se sintió incapaz de alcanzarlo. Junia! Marco! Marco notó cómo el bracito de la niña se le escapaba entre los dedos, y aunque se aferró a la tela que lo cubría, una nueva oleada de gente se interpuso entre su hermana y él. No me sueltes! El toro, ahora así, resultaba visible, y movía su cabeza a un lado y a otro, perdido de su manada. Otro, algo más allá, rascaba el suelo con la pezuña y bramaba. Por todas partes la gente corría, intentaba buscar un callejón, escapaba de las fieras. El desfile se había convertido en una pesadilla. Junia! Junia! gritó Marco, desesperado, pero ya la había perdido. Intentó abrirse camino hacia ella, pero la fuerza de la gente era demasiado potente, y le arrastraban hacia las casas. Tuvo miedo de caerse y de que le pisaran, y dio la espalda y se dejó llevar. Cuando logró librarse de la multitud, miró a su alrededor. Los toros, reagrupados, se alejaban trotando, perseguidos por los soldados y por los mayorales. El polvo se asentaba poco a poco, y permitía reconocer algunas figuras. Pronto, la via antes llena de gente estaba vacía. Y de Junia, ni rastro. 21

Índice Introducción... 7 Primera parte... 11 Segunda parte... 93 Tercera parte... 177

Ha pasado un año desde que Marco empezó a ser conocido como «el chico de la flecha», y en ese tiempo han cambiado muchas cosas: Aselo, su amigo y esclavo, y él deberán enfrentarse a situaciones que hasta hace poco parecían impensables. La edad adulta cada vez está más cerca, y asuntos como el matrimonio, especialmente el de su hermana Junia, empiezan a plantearse. Por otro lado, su tío Julio recibe un mensaje de alguien de su pasado que regresa para cobrarse una deuda; esto les llevará hasta las costas del Mare Nostrum, donde pondrán a prueba su valor y su integridad. De la mano de Espido Freire, volvemos a viajar a la Hispania del siglo i d. C. y veremos cómo era la vida cotidiana en esta provincia romana, los comienzos del cristianismo y descubriremos los peligros de adentrarse en lo desconocido. Marco conocerá una región completamente distinta a la suya, el Mediterráneo, sus tierras y costumbres, y una manera de vida que nada tiene que ver con la que él lleva en Emerita Augusta. 1525219 www.anayainfantilyjuvenil.com

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